La efectividad de la corrupción

Gusta hablar de la corrupción. Genera estatus. Podría incluso dejarnos ver cuales próceres modernos. Pero también podría convertir a otros en encantadores de ingenuos. La efectividad de la corrupción, al parecer depende de quien esté al frente de ella cual verdugo, o de quien esté también en frente, pero sólo para promoción y culto al yo.

Cuando el abordaje a este cáncer, al de la corrupción, incluye arribo, entonces parecería que estamos hablando de alguna postura definida.

Pues bien, en España ya se ve arribo. Mariano Rajoy, jefe de gobierno, no se salvará de la censura. El caso Gürtel ha terminado siendo gatillador del fin de otra era del PP.

Cuando la contundencia de los hechos, cuando las instituciones se respetan y funcionan, en este caso la función judicial, la corrupción ve en llamas su eficacia. Rajoy es rehén del reloj. El final es inexorable. En la Madre Patria la corrupción ha recibido un golpe certero.

Que esta experiencia nos deje una lección:

Jamás un liderazgo debería ser disfraz acomodaticio de algún inescrupuloso que esté al frente del ejecutivo, y ningún acto de corrupción tendría que estar bajo el escrutinio de aquel decadente topismo, “todo depende del cristal con el que se lo mire”.

Tadeo Paladines Figeroa

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